Hace unos cuantos años la idea de la transición gozó de un gran prestigio entre los intelectuales mexicanos y fue bien vista o recibida por la mayoría de la población. Había un sentimiento generalizado de aprobación al cambio. El concepto recibió así el beneplácito de casi todo mundo. Hasta los más aferrados al pasado convenían en que era necesario introducir modificaciones en el régimen político mexicano. En las elecciones de 1997 el tema cobró otros adeptos, quienes aprovecharon las reformas constitucionales del año anterior y le infligieron al PRI una derrota de grandes consecuencias, haciéndole perder por primera vez en su historia la mayoría en el Congreso de la Unión y eligiendo en el Distrito Federal a un Jefe de Gobierno postulado por el PRD, cuyos militantes habían sido perseguidos implacablemente en el anterior sexenio. En el año 2000 se refrendó en la mayor escala esta nueva vocación de la ciudadanía, al elegirse a un Presidente de la Republica, formalmente al menos venido del PAN, la oposición de las derechas desde seis décadas antes.
Casi todo mundo supuso entonces que se abría por fin una amplia puerta hacia la instauración de la democracia política en México, cancelada muy pronto después de la revolución. El concepto de la transición democrática y sobre todo la frase, se empleo para nombrar a nuevas instituciones, libros, seminarios, conferencias de expertos, convocatorias, etc. Hasta se formó una comisión oficial para la reforma del Estado en la que participaron cientos de ponentes y opinadores, quienes comparaban con entusiasmo la ya famosa transición española con la nuestra, proponiendo aquí una versión nacional del Pacto de la Moncloa.
¿Que queda hoy de todo aquel entusiasmo y algunos dirían alboroto?. El PAN se hizo otra vez de la silla presidencial por malas artes y en buen numero de estados hubo alternancia entre los políticos ocupantes de los puestos públicos, que llegaron de los tres partidos políticos mayores. Y no hubo más.
Se siguió aplicando la misma política económica. Los muy ricos siguieron evadiendo el pago de los impuestos y los muy pobres siguieron aumentando hasta completar la mitad de la población. Los mayores ganones fueron las burocracias de los partidos políticos y algunos abusados que hicieron de éstos lucrativas empresas propiedad de una familia o de una élite, depredadoras de los fiscos en los tres niveles del gobierno. Conocimos entonces a lo peor de la fauna política.
Quizá se le pedían a los cambios electorales algo que no podían dar y que nunca estuvo en el horizonte de los principales protagonistas, esto es, una serie de transformaciones que alteraran las formas cómo se distribuyen los bienes económicos y culturales en la población, es decir, que contribuyera decisivamente a remediar la profunda injusticia social que ha reinado en el país. El paquete de la transición nunca contuvo, se dice ahora, ningún instrumento útil para emparejar a los mexicanos haciendo menos hondos los abismos sociales que los separan. Todo se redujo a dar juego a quienes estaban en la banca permanentemente o que jamás figuraban entre los seleccionados, pese a sus habilidades. Para ello bastaba con cambiar un poco las reglas y sobre todo a los árbitros. Ambos propósitos se alcanzaron y uno de los resultados fue que los equipos se transfiguraron en elementos intercambiables, cuyos integrantes ora sudan una camiseta ora la del rival o la del vecino.
Si se examinan los proyectos que alimentan a las diversas candidaturas, se advierte que también son intercambiables. Todos ellos tocan apenas la epidermis de la sociedad y desembocan en frases vacías u ocurrencias simplonas. (Extremo de sandez: “..pa que se les quite”, por ejemplo, la consigna-eje de la propaganda diseñada por el Partido del Trabajo en los recientes comicios locales).
Podría considerarse que esta situación fue siempre el punto lógico de llegada de cualquier propuesta para establecer un régimen democrático en el país. Quienes conciben a la democracia sólo como un conjunto de procedimientos aceptados por todos los contendientes para arribar al poder, dirán que estamos justo donde debemos estar. No se puede pedir más. Deberíamos aceptar que el objetivo principal, muy por encima de cualquier otro, es evitar que los conflictos deriven en choques violentos. “Institucionalizar la lucha de los contrarios”, decía José López Portillo, cuando comenzó la etapa moderna de las reformas electorales durante su gobierno. Y los contrarios no eran por supuesto los antagónicos, es decir, los que querían revolucionar el país para modificar sustancialmente la correlación de fuerzas a favor de las clases populares. Eran, de nuevo los políticos marginados o carentes de vehículos para incorporarse a la lucha por el reparto de los puestos públicos. “Los pollos que querían maíz”, como decía Porfirio Diáz o los receptores de los cañonazos de cincuenta mil pesos de Álvaro Obregón.
La famosa transición vista así, llegó hasta donde debió llegar. Por eso, perdió credibilidad y prestigio. Ya muy pocos se acuerdan de ella, fue superada y ahora hay que entregarnos alegremente a los análisis de minuciosas y coyunturas regionales para explicar el triunfo de uno u otro candidato. Y a confeccionar las mejores técnicas de la mercadotecnia política, para vender chatarra.
Por supuesto que dentro de toda esta confusión, es posible distinguir a ciertas postulaciones de otras. Por eso, no debe desdeñarse el triunfo electoral sobre los aparatos políticos usados por los gobernadores de Puebla y de Oaxaca quienes provocaron con su desfachatez y arbitrariedad el que las elecciones se convirtieran en un plebiscito votado finalmente en su contra. Tampoco un menosprecio por la diferencia que existe entre un político corrupto de otro con mejores credenciales en el manejo de los dineros públicos.
Sin embargo, si estos fueron los cambios posibles y previsibles, queda pendiente otra vez el asunto de las reivindicaciones y aspiraciones explícitas o soterradas del grueso de los mexicanos. Hace poco escribía cómo en 1911 el maderismo triunfante quiso convencer de que la revolución terminaba con alcanzar el sufragio efectivo. Se empeñó en cerrar la puerta a otras mutaciones y provocó las insurrecciones de Morelos y de Chihuahua. Las condiciones son diferentes ahora, pero no tanto como podría pensarse. La inconformidad y la frustración no se expresarían hoy mediante luchas armadas tal vez. Lo harán en sus primeros momentos a través del abstencionismo y la ira visible aunque contenida. Y, para desgracia del país, mediante otros recursos cómo la huída de su territorio, la búsqueda de caminos alternos, peligrosos y perversos como la delincuencia o gravosos para el Estado como el de inscribirse a como dé lugar en el presupuesto, hinchando la cantidad de quienes dependen de sus pagos.
Es obvio que tales salidas provocan males que ponen en peligro no sólo la salud del cuerpo nacional, sino en entredicho a su propia existencia. Así que tenemos que buscar otra transición. Ésta, hacia un régimen de justicia y de equidad, que beneficie a las mayorías y no sólo a unos pocos integrantes de la camarillas de los partidos o remedos de partidos, como ha sucedido con los cambios experimentados hasta hoy.